El Guardián que se Alimentaba del Miedo
El amanecer encontró a Leo en la cima de una colina. El anciano permanecía sentado junto a él. En silencio. Como de costumbre. El Reino se extendía bajo sus pies. Bosques. Senderos. Ríos. Montañas. Por primera vez, Leo podía contemplarlo con otros ojos. Ya no veía simplemente paisajes. Veía jardines. Veía senderos. Veía estaciones. Veía posibilidades y, sin embargo, una pregunta comenzaba a inquietarlo.
—Si todo esto existe... —dijo finalmente.
—¿Todo esto? —preguntó el anciano.
—Los jardines. Los senderos. Las lámparas.
—Sí.
—Entonces, ¿por qué tantas personas siguen sufriendo?
El anciano guardó silencio. Un silencio más largo de lo habitual. Finalmente respondió.
—Porque conocer un jardín no significa saber protegerlo.
El viento recorrió la colina. Leo sintió un pequeño escalofrío.
—¿Protegerlo de qué?
El anciano se puso de pie. Por primera vez en mucho tiempo, parecía serio. Muy serio.
—Ha llegado el momento de que conozcas a los Guardianes.
Leo frunció el ceño.
—Pensé que los guardianes protegían.
—Eso intentan.
El anciano comenzó a caminar.
—Pero a veces una fuerza protectora olvida la medida y termina gobernando aquello que debía cuidar.
Fin de esta muestra del inicio del capítulo 1.
© 2026 Néstor Tazzioli · La Saga de los Jardines





